Publicado en Ritmos del Mundo [Septiembre - Octubre 2010].
Piense en un lugar en el que la música conserva su esencia, en el que el contacto con el público es continuo y la creatividad en constante ebullición. Ese sitio no es otro que la calle y el metro. Ambos se alimentan de músicos intrépidos, verdaderos aventureros, deseosos de preservar su arte por encima de las doctrinas mercantilistas y de otras exigencias de los medios de comunicación. Para ellos, la música es mucho más que una simple ocupación o un trabajo: es un modo de vida. Con tres músicos callejeros compartimos un día intenso de trabajo en el metro. Un sueño hecho realidad
Con tranquilidad nos recibe Walter González en su casa de las afueras de Barcelona. La noche anterior ha sido intensa y el día de hoy también lo será, nos lo garantiza. El café no espera y el tabaco tampoco. Estos dos elementos son básicos en el despertar de un músico, así lo comenta él y, liándose un primer cigarro con un aire reflexivo, Walter nos explica que sus compañeros músicos, Santiago Castillo y Cuni Massa, llegarán más tarde para grabar unas cuñas musicales que utilizarán en una publicidad radiofónica. “Nos lo pasaremos bien”, asegura el hombre y no hay duda de ello. El día empieza normalmente temprano para primero centrarse en los temas administrativos y, luego, dependiendo de cómo se avance en este asunto, se dedica más o menos tiempo a la actuación callejera. Por mucho que uno se imagine, no todo es calle en la vida de un músico callejero. También es preciso dedicarse a la organización de eventos y conciertos, toma de contactos para actuaciones en locales. De momento, Walter se concentra en una gira por toda España que debería iniciarse dentro de dos a tres meses. “Es algo que requiere mucha energía”, explica él y enseguida entendemos el motivo: con un compañero han contactado en total más de mil organizaciones, locales musicales y ayuntamientos, para concertar fechas de conciertos.
No es un trabajo sencillo, lo entendemos. Requiere una máxima seriedad y una constancia extrema, parecidas a las que tienen que demostrar cualquier comercial en grandes empresas. Justamente, Walter González era un comercial afincado en las Islas Canarias que cada día seguía la misma rutina antes de idear esta increíble aventura. Tenía cuarenta años cuando decidió “mandarlo todo al carajo”. Ya estaba harto de decir que la música era su profesión frustrada. Quería sentir la música por dentro, hacer algo que valiera la pena, así es cómo se lanzó en la grabación de su primer disco. Lo llevó a cabo un productor cubano establecido en Canarias con quien tenía contacto y así nació el disco: “Walter González y la duda… en colectivo”, un disco con tintes latinos, percusiones parecidas a las de Jarabe de Palo, algunos acuerdos de rock, ritmos de reggae y temas tan acompasados como “Y no conozco problemas”. El mismo autor describe este álbum como un momento de búsqueda artística con unas primeras composiciones que rezuman optimismo, recuerdos pícaros, deseos de vivir y de explorar un universo musical inmenso. En la contraportada aparece una guitarra colocada sobre el asiento de un autobús vacío, quizás como presagio de un viaje atrevido y apasionado.
La importancia del contacto humano
Mientras esperamos a los compañeros de Walter, el humo de un cigarrillo nos permite indagar en su forma de componer. En el aire también suena una música melodiosa que ilustra el inconformismo del cantante. “Nos quieren a todos pensando igual” y “Los esclavos de hoy van con corbata”, dice la canción. Son ideas, experiencias y sensaciones personales que Walter recopila en sus canciones, articula con fineza aportándoles un fondo de filosofía. Luego, nos habla de la calle y del metro como si fueran personas de carne y hueso, como si se tratara de compañeros de viaje de los que tiene que hablar inevitablemente. Reconoce que prefiere la calle por ser un escenario mucho más abierto en el que se producen muchos acontecimientos insólitos, aún así, como en todo trío amoroso, no desdeña el placer que le procura el metro y la fuente de sorpresas que representa. Profundizando en la conversación, nos damos cuenta que en el metro la gente suele ir con más apremio, anda con más estrés, pero el músico disfruta de la misma manera. Siempre hay gente que se detiene, saluda, silba o aplaude y eso, pondera Walter, se agradece más que una moneda. “El contacto humano es importante”, comenta él y enseguida se eclipsa para volver con una cajita oscura y misteriosa. Después de abrirla, el cantante nos explica que ahí atesora todas las monedas inservibles que la gente le da. Entre ellas, destacan unos botones de chaqueta, piezas de casino, monedas de Rusia, Polonia y pesetas antiguas. Evidentemente, las sorpresas a las que se enfrentan los músicos de la calles son enormes. Por fin, llegan Santiago Castillo y Cuni Massa, los compañeros de Walter para encerrarse en el cuarto inmediatamente y ensayar una cuña que servirá para un anuncio publicitario. Quizás el haber llegado un poco tarde les haya empujado a lanzarse con semejante determinación. Lo seguro es que en la habitación van dejando expresar sus instintos musicales y, poco a poco, lo que tenía la forma de una simple melodía va tomando el aspecto de un tema musical que bien podría ser el éxito del verano. “Quiero vivir la vida” dice el estribillo y, sin duda, la experiencia de estos músicos callejeros se explaya en cada una de las notas. Ambos se definen como amantes de la música, eternos aprendices y rehúyen de las etiquetas fáciles, de los elogios y los alardes. Quizás éste sea algo que caracterice a los músicos de la calle. De todos modos, la modestia de Santiago y Cuni se ve respaldada por un bagaje cultural y educacional apreciable. El primero es un biólogo con formación musical y Cuni ha estudiado el piano desde muy jovencita además de tocar la guitarra. Ellos desmienten la vieja leyenda urbana que dice que los músicos de la calle son músicos sin formación.
De camino al metro
La comida permite comentar y ordenar algunos de los temas pendientes pero, también y sobretodo, infunde fuerzas para una tarde entera en la calle. En este caso, iremos a una estación de metro que ellos conocen particularmente bien: es la estación de Clot y durante el camino descubrimos un poco más a los nuevos integrantes. Cuni Massa es una artista argentina, trabaja de socorrista en una piscina de Barcelona y explica irónicamente que la llaman Cuni desde muy pequeña porque le gustaba la cuna. Es tal vez un poco más rockera que el resto del grupo y lo comprueba hablándonos de su último álbum “Pirar” en el que ella describe tristes y duras vivencias. No obstante, ella es alegría pura, nos explica que sus influencias son artistas como Jorge Drexler, Sabina y Fito Páez, y le gusta componer mientras viaja. “No sé por qué… ¡El movimiento, qué sé yo!”, explica ella.
Ese gusto por el viaje lo comparte también Santiago Castillo que procede de Uruguay y reside en Barcelona desde hace más de seis años. Su viaje a Europa ha supuesto dejar atrás muchas comodidades y le ha permitido superar la incomprensión de la gente. Nos explica que “cuando eres anónimo, la gente valora realmente lo que haces”, sin fijarse en la etiqueta. Este es uno de los motivos por el cual Santiago aprecia la música en la calle. También sostiene unos valores que la sociedad en general relega a un segundo plano: independencia, humanidad y libertad. “Me gusta tener el control de todo y ser el dueño completo de mi música”. Asimismo, el músico ha grabado un álbum con un título que caracteriza este estilo de vida y ese interés por la calle: “Transeúnte”.
En el metro, cada uno de los músicos lleva su instrumento sobre sus espaldas. De repente se han transformado en viajeros que arrastran consigo unos bultos voluminosos: instrumentos, amplificadores y micrófonos. Parecen un grupo de senderistas en pleno esfuerzo, concentrados en una meta cercana y respetuosos de un entorno tan especial como los pasillos del metro. Desafortunadamente, topan con otro músico de la calle que interpreta una rumba alegre y ocupa el espacio en el cual tenían pensado tocar. Reflexionan, se acuerdan de otro sitio más espacioso pero menos transitado y, de inmediato, se ponen en marcha.
Pasión e ímpetu en el metro
Antes de instalar todo su material, Walter nos explica que los lugares en los que tocan los músicos del metro son sorteados cada mes por la TMB (Trens Metropolitans de Barcelona). Por eso, no suelen ir a los mismos lugares aunque sí pueden especificar cuáles son sus preferencias. De esta forma, Walter, Santiago y Cuni han llegado a presentarse en más de una decena de puntos musicales repartidos por toda Barcelona. Además, para ser considerado un músico del metro, es necesario sacar un carnet oficial que cuesta 36 euros e implica también unas pruebas parecidas a las del programa televisivo Operación Triunfo (en el que pueden presentarse centenares de personas).
Por fin, los músicos se lanzan en lo que más les gusta. Por arte de magia se convierten en el centro de atención y, de ser modestos viajeros, pasan a ser auténticos animadores. En ese proceso de cambio, los músicos han borrado los últimos comedimientos para adoptar el ímpetu y la pasión del cantante. La voz vibrante de Walter resuena en los pasillos, les da vida y color, al mismo tiempo que su guitarra esboza un ritmo cadencioso. Santiago irrumpe con una letra melodiosa y un estilo más afinado y Cuni hace estallar su fascinante energía y su dominio del escenario. Todos se completan y todos se respetan.
Los primeros efectos se hacen notar. Una pareja se acerca a la banda con timidez y, después de aplaudir el segundo tema interpretado, preguntan por el nombre de la banda. Les gustaría que tocasen en su local por la noche, hablan brevemente de tarifas y Walter les entrega una tarjeta con sus datos para hablar con más tranquilidad. Otra pareja de enamorados, se interesa por los músicos y pregunta si existen Cds a la venta en Internet. A continuación, surge de la nada un músico céltico, se aproxima indeciso y trata de molestar a los cantantes con el sonido de su gaita. Evidentemente, no le gusta la competencia, pero acaba yéndose con reticencia después de que los músicos se lo pidan. Sin dudas, el territorio puede ser un motivo de fricción que, en este caso, se ha resuelto de la mejor manera.
Más tarde, cuando la banda empieza a ser aplaudida por ciertos transeúntes que no temen perder un metro o dos, la música se hace más poderosa y pegadiza. Una mujer de la limpieza interrumpe su trabajo para deleitarse con la música. “Si no disfruto ahora, ¿cuándo lo voy a hacer?”, expresa ella sonriendo mientras esboza unos pasos que transmiten alegría a los músicos. Esa es la fuerza de la música callejera: los frutos se recogen enseguida y los efectos se esparcen sin límites de espacio, de culturas o de edades. En medio de estas reflexiones, nos sorprende una niñita de tres años que quiere participar en esta fiesta y se deja llevar por el ritmo de la música. Con su bailoteo espontáneo, provoca las sonrisas de los músicos que la acompañan con unas palmadas. Su madre se acerca, la abraza, se divierte con ella y luego le regala una monedita para que la niña se la entregue a la banda. Con la moneda en la mano, la niña vacila, se detiene porque la timidez le impide avanzar, pero acaba superando su temor y deja la moneda en el debido lugar: la funda negra de una guitarra.
Sensaciones y recuerdos de un músico
“Es como una postal de mis últimos años vividos en Barcelona”, nos comenta Santiago cuando le preguntamos lo que siente al ver a sus amigos tocando en ese preciso instante. La música tiene ese poderoso efecto de rescatar imágenes del pasado, olores y sensaciones. Así de movido se siente el cantante y, tras un momento de contemplación, el hombre nos divulga algunos de sus mejores recuerdos. Uno de ellos alude a un dibujo que le dejó un niñito, otro tiene que ver con una aclamación colectiva y, finalmente, nos relata la anécdota de un espectador que le compró un Cd y regresó especialmente al día siguiente para decirle que le había encantado. “Voy recogiendo de todos los que me rodean”, argumenta Santiago y cuando le preguntamos por los momentos de soledad que un músico puede llegar a sentir en la calle o en el metro, el músico nos responde que “uno se acostumbra a esos momentos de vacío. El público nunca es constante, nunca es fijo. Es parte de la vida”.
Las malas experiencias no se suelen contar. Suponemos que son numerosas porque la calle también tiene sus sorpresas, sus situaciones incomprensibles y su anonimato. Santiago reconoce haber sufrido algunos robos, algunas intimidaciones de delincuentes sin escrúpulos e, incluso, unas amenazas de muerte. Evidentemente, el trabajo de músico callejero no es nada fácil pero él se lo toma con filosofía y humor. “Un hombre llegó a decirme que era de la policía secreta para intimidarme”, nos explica Santiago riéndose y luego añade: “Ya ves como trabaja la policía secreta… A la mínima se descubre”. En todo caso, son experiencias que luego se transforman en simples anécdotas, bromas divertidas que se cuentan en un bar, alrededor de una buena cerveza.
Nosotros comprendemos que la pasión de los músicos por la calle también conlleva entrega y valentía. Va más allá de la necesidad de tocar y, sin duda, de ganar dinero a toda costa. El músico callejero es un animador, un artista comprometido con su arte, que nunca cuenta las horas y que tiene una canción para cada situación: Sólo basta pedírsela.
Colombia, tierra querida
Publicado en la revista Ritmos del mundo [Abril 2010]
Existen lugares lejanos que suenan en nuestras mentes como a lugares exóticos, calurosos y diferentes, pero que no toman forma hasta pisar su suelo, hasta sentir su aire y conocer a su gente. La ciudad de Valledupar en Colombia es uno de esos lugares deslumbrantes y magníficos que, pese a todos los cuentos que puedan existir, todos los mitos y relatos, resulta difícil de entender y describir. Sus propios habitantes la presentan como un lugar extremadamente distinto al resto del mundo, al macondo de Gabriel García Márquez. Un mundo aparte en el que la música vive dentro de cada uno y cada uno comparte su música. Una ciudad costeña sin mar pero con un río tan poderoso que arrolla a cualquier visitante por su magnetismo. Una ciudad sin mapas con una urbanización parecida a las calles de las urbes norteamericanas o del Eixample de Barcelona.
Llegada a Valledupar
Todos estos eslóganes y afirmaciones se me presentan a la vista nada más llegar al aeropuerto de Valledupar, después de horas y horas de vuelo, cuando, saliendo de la zona de embarque, me abraza un soplo de aire cálido y pesado que me deja medio inconsciente. Esto es el Caribe acogedor que, desde el principio me pone las cosas bien claras: aquí no hay medias medidas. Todo esto se confirma con los saludos de mis anfitriones, quienes, desde el otro lado de la sala, cuando todavía estoy recogiendo las maletas, me saludan con ardor y espontaneidad. Ellos me preguntan por mi viaje, se inquietan por lo que he comido, lo que no he comido y, sin perder tiempo, me conducen a sus “carros” (vehículos) con un paso apresurado porque allí está el tan apreciado aire acondicionado. En aquel momento es cuando se deslían las lenguas, cuando las preguntas afluyen, pero antes de todo, antes de arrancar el motor del coche y de ir directamente a casa, es preciso encender el radio y escuchar la última música que emiten las ondas. La pasión por el vallenato, esa música que canta a la tierra y a la vida, es inevitable.
Pasión por el vallenato
Desentrañando ese amor por el vallenato que inunda cada calle, cada esquina y cada casa, que invade los carros y la orilla del río, uno termina dándose cuenta de que esa pasión no sólo se define con disfrutar de sus lindos ritmos, de sus melodías encendidas y embriagadoras. Tampoco se resume con abrazar uno de los instrumentos que lo componen, el acordeón, la guacharaca o la caja, para expresar unos sentimientos tan variados como la congoja, el amor, la alegría, la nostalgia y muchos más. El vallenato es un profundo y arraigado símbolo de pertenencia. Un modo de vida. Una muestra de autenticidad y de filosofía existencial. Más tarde, en mis conversaciones con mis animados anfitriones, entiendo también que los amantes del vallenato suelen pronunciarse por un cantante en concreto, como si de un equipo de fútbol se tratara, y se dividen en pequeñas facciones que abrazan los refranes del ídolo con efervescencia. Unos se dicen peteristas aludiendo al combo de Peter Manjares y otros se definen como silvestristas en referencia al otro gran cantante Silvestre Dangond, pero también existen los que no se deciden y los que adoran a los dos. Todo existe en la viña del señor. En todo caso, los encuentros entre bandos distintos no llegan nunca a las manos y simplemente se limitan al cruce de versos populares o refranes glorificados por las radios que reproducen sus temas hasta la saciedad. Al final, están todos unidos por la música. Además, siempre existe una figura suprema, algún artista veterano como Diomedes Díaz o Jorge Oñate que sirven de punto de reconciliación. Ellos son la referencia del vallenato, son los padrinos que vigilan a las nuevas generaciones así como el insigne embajador Carlos Vives que, años atrás, fue acusado de extraviar el vallenato con mezclas inoportunas. También es verdad que resulta mucho más fácil hablar en público del bando musical al que uno pertenece que exponer sus ideas políticas con claridad. Es una cruda realidad colombiana y quizás por eso la identificación con las bandas musicales sea tan fuerte.
El festival de la leyenda valletana
El paroxismo de la pasión por el vallenato transcurre durante la última semana del mes de abril de cada año, que es cuando acontece el Festival de la leyenda vallenata. Un festival reconocido a nivel nacional. Un momento de fervor para el cual toda la población se prepara escrupulosamente y al que acuden grandes personalidades de todo el país y del extranjero. Unas semanas antes, las tiendas desvelan sus maravillosos escaparates y los jóvenes ensayan los pasos del desfile en la escuela. Más que un simple festival, se trata de un auténtico carnaval de colores y de sentimientos. El evento del año.
Llego al evento tan esperado con un aire levemente desfasado, imaginándome un simple desfile con disfraces o una fiestecita al estilo europeo, pero lo que aparece ante mis ojos es uno de los mayores desfiles que he visto en mi corta existencia. ¡Una vaina enorme! (como dirían algunos de mis compadres del Valle). Pura fiesta caribeña. Alegría al estilo antillano como también se observan en las islas menores del caribe y en la isla de Cuba. Las mujeres (o las piloneras, así es como los lugareños las llaman), todas bellísimas, vestidas de atuendos tradicionales, se pasean por las avenidas de la ciudad, seguidas de unos hombres que las persiguen con el “pilón” (un instrumento de trabajo que se utilizaba antaño para moler el maíz) recreando un baile folclórico y espectacular. La música termina contagiándome los pies y la poca vergüenza que me queda desaparece con el whisky tan característico de la zona: el Old Parr. Ésta es la bebida que me tienden felizmente mis anfitriones para arrancarme de mis cimientos y obligarme a abrazar unas festividades que empiezan de la mejor forma.
El festival se caracteriza también por los interminables y multitudinarios concursos de acordeonistas y cantantes que compiten por un reconocimiento a gran escala o un simple triunfo puntual. Existen muchísimas categorías. Cada una de ellas puede ser el motivo de un encuentro familiar y de la organización de un gran evento. En esos concursos, destaca el talento de todos los músicos, los acordeonistas y los percusionistas, que enardecen las masas y se transforman en el foco de todos los elogios. Ante tanta adulación y tantas exclamaciones de euforia (¡Ay hombe!), muchos se ven atrapados en exhibiciones extravagantes como el hecho de tocar el acordeón con los pies o la boca. Qué placer experimenta el amante de la música al ver cómo el río Guatapurí se llena de pachangueros amantes de la bebida y de las bellas mujeres. Allí es donde se encuentra la gente para saborear una cerveza o un buen sancocho (plato típico), bañarse y escuchar a los que han decidido cantar su amor por la vida.
Un carro y un sombrero volteao´
El carro es, por así decirlo, el elemento básico de la vida vallenata. Así como podrían serlo unos buenos zapatos o una bicicleta en Europa. El coche no sólo sirve para dar una primera vuelta a la ciudad y descubrir los lugares de moda, sino también para luchar contra el extremo calor, ponerse al día con todas las últimas bandas de Vallenato que alegran el día a día, con sus acordeones y percusiones, y finalmente mostrar que uno está ahí presente. Más voluminoso es el coche y mejor es el paseo, esto es una ecuación lógica, pero también es importante cuidar el equipo de música porque, si este último tiene la potencia suficiente para animar una parte de la orilla del río Guatapurí, es perfecto. Además, el carro es un lugar en el que se socializa, en el que se habla de la familia y de los últimos chismes advenidos en la esquina. Una vida sin carro es impensable, pero no imposible.
Tardo en entender los motivos del amor al carro, por eso, con otro compañero que ha emprendido el viaje conmigo, decidimos arriesgarnos y pasear por la ciudad andando. ¡Sí, andando! Como suelen hacerlo los turistas más ilusos de nuestras tierras. Al anunciar mi salida, noto la mirada irónica y algo burlesca de mis anfitriones: «¿De verdad? ¿No prefieres ir en carro? Estás loco, compadre». Pero me obstino, soy bastante tozudo para estas cosas, un país se visita a pie (pero ellos no me entienden) y enseguida, mi amigo y yo salimos de la casa para disfrutar de un paseo. El resplandor del día nos deslumbra y nuestra sensación de libertad, al principio muy intensa, se va difuminando progresivamente al darnos cuenta de lo inaguantable que es el calor. Es un calor del carajo, como dicen aquí, más pesado que en Barcelona o cualquier otro sitio de la costa mediterránea. Ahora entiendo la necesidad de un buen carro o también el uso del sombrero volteao´ (ese sombrero de paja tan simbólico de la costa colombiana y elaborado a mano por los indígenas), pero es demasiado tarde: ya estamos en el centro de Valledupar y nuestro único consuelo, ¡pero qué consuelo tan rico!, son las dulces patillas (enormes sandias), los cocos descomunales o los mangos que se venden por la calle para refrescarse. Y qué gusto. El coco y la patilla son, sin duda, más refrescantes y mucho más saludables que un helado. En aquel preciso momento, me doy cuenta de lo fértil que son las tierras colombianas y de lo bien que se come. Y todo eso al ritmo del vallenato que ya circula por mis venas e inunda mis pulmones (aunque todo haya sido un proceso involuntario).
Tras esa tentativa de exploración, me animo a conocer más a fondo la ciudad, porque todo parece tan grande, tan enormemente distinto que no puedo pararme aquí. Decido buscar un mapa. Sí, un mapa para ubicarme y saber adónde voy. Cuando se lo pregunto a un conocido, me contesta con una mirada extraña: ¿Pa´ qué quieres tú un mapa? Entiendo que los mapas no abundan en esta zona del mundo, que la gente tiene una capacidad de orientación superior a la mía, o simplemente que me está tomando por un pendejo (idiota). Por eso, no insisto y me dirijo a uno de mis anfitriones para preguntarle si realmente existe un mapa de esta ciudad. ¿Un qué? ¿Un mapa de Valledupar? La respuesta es un «sí» claro y altisonante pero, luego, mi interlocutor añade que nadie lo ha visto. Sólo sabe que existe. Entonces que me digan a mí lo que significa esta respuesta. ¿El mapa existe o no existe?
Doy por perdido el asunto del mapa y con ilusión me lanzo en una visita de la ciudad a solas. Al final, ese paseo acaba siendo todo lo contrario porque, después de una veintena de minutos, me doy cuenta que todo el mundo me conoce. Y eso es lo más impresionante del Valle: todo el mundo te reconoce, aunque lleves poco más de una semana. La gente me mira, me sonríe y hasta me pregunta si ando perdido. La sensación de ser el último gringo en Colombia es inevitable pero me lo tomo todo con simpatía. Al final, lo que quiero es interacción y eso es lo maravilloso del Valle y de Colombia en general: uno puede ir adonde sea, termina conversando e intercambiando anécdotas interesantísimas con gente desconocida.
Tomándome el sexto tintico (café) del día aprendo a disfrutar de la increíble mezcla de este país. Evidentemente, la mezcla no sólo es aromática y no tiene que ver únicamente con el café. Todos los colores se ven reflejados en las pieles de sus habitantes y eso me alegra porque yo también soy hijo del mestizaje. Sin embargo, el mestizaje de aquí es intrigante, fino y deslumbrante. Quizás el más bonito que haya llegado a conocer. Es tan penetrante y tan sutil que cuesta definirlo y ésa es, sin duda, su gran belleza. La historia ha llevado al negro, blanco europeo, indígena, zambo, mulato ha mezclarse hasta crear un ser puramente colombiano que sonríe y se expresa con grandilocuencia, que mezcla la expresividad africana con otros legados de la Europa clasista y, ante ese espectáculo, me deleito. El tintico se me ha enfriado de tanto observar el rostro precioso de esa mujer que me ha atendido y escuchar el tono tan melifluo de su voz, pero da igual me tomaré otro tintico un poquito más lejos, cerca del río Guatapurí. Quizás me ponga a cantar vallenatos. Ya lo tengo en la sangre [...].
De viaje a Cartagena la bellaMe voy a Cartagena. Lo he decidido de forma impulsiva, como la mayoría de las cosas que hago en esta vida, pero mucho se debe a que el Valle, ¡Mi valle! (esta última expresión se dice alzando las dos manos al cielo), me ha hipnotizado durante gran parte de mi estadía (con su buen ambiente y su alegría) y que poco tiempo me queda. Cuando anuncio la noticia, la gente me mira: ¿A Cartagena? ¿Pa´qué? ¿No estás bien acá? Estoy de maravilla. Es innegable, por eso la próxima vez que viaje a Colombia me quedaré en Valledupar. Por ahora, me subo a uno de estos autobuses modernos que cubren el trayecto hacia Cartagena y durante el viaje no me cierro a ninguna de las ofertas de los vendedores de la calle invitados a vender su mercancía a bordo por los conductores: arepas de huevo, de carne, de todo. Qué delicia. Si me quedo a vivir en Colombia tendré que adoptar una dieta estricta para no hincharme exageradamente.
El viaje a Cartagena no marca ningún fin. Es un principio. Gracias a él, descubro otra parte de la costa y me doy cuenta de los contrastes inmensos que existen en Colombia. Al ser turista (y tener una tremenda pinta de gringo), he sido apartado de la dura realidad del país, de la extrema pobreza que asola a una gran parte de la población y de los infranqueables muros que separan estos mundos opuestos. El camino se transforma en una concienciación dura y violenta. Como electro-chocs en plena siesta. Chabolas apiladas, casas inundadas a la orilla del río Magdalena, niños descalzos con los mocos en la nariz. Sorprende esa realidad en medio de la maravillosa naturaleza colombiana, pero lo que más me sorprende es la indiferencia de algunos lugareños que viajan a mi lado y que, visiblemente, consideran esto como algo normal. En el autocar suena una cumbia de fondo, un ritmo tradicional y animado, que aporta un aire de alegría y de festividad. Quizás esa música sea lo que permita convivir con tantos extremos y tantas imágenes impactantes. Buscando el sueño, cierro los ojos y me avasalla el olor de las arepas que me he comido unos minutos antes. Valledupar ha quedado detrás de mí, tragada por la densa vegetación, y por delante queda Cartagena: otra ciudad de ensueño, otra perla de la costa Caribe. Me dejo mecer por la alegre voz del cantante local y reconocido mundialmente: Joe Arroyo.
Grandes mitos de la historia africana
Periódico Diagonal
Una ciudad sin mapa en la tierra del mestizajeDefinitivamente, este artículo no es ningún manual y menos el diario de un viajero. Esto es una carta de intenciones: volveré a escuchar la dulce melodía de las parrandas de Colombia.
Grandes mitos de la historia africana
Periódico Diagonal
Indagando en la historia africana legada de la tradición oral, descubrimos un mundo vasto y rico comparable con el de la mitología griega o india. Las grandes figuras que, con el tiempo, se han convertido en santos o deidades, nacen de momentos claves de la historia de sus pueblos. Sundiata Keita, el fundador del Imperio de Malí y, Shangó, el cuarto rey del antiguo Oyó (actual zona de Nigeria) son algunos de esos grandes personajes históricos que han ido convirtiéndose en figuras míticas a través del tiempo.
El mito de Sundiata Keita: El león de Malí
Con la figura de un niño tullido surge el mito de Sundiata Keita a principios del siglo XII en el imperio de Malí. Nacido de la segunda esposa de un poderoso monarca, el joven fue apartado del poder y condenado al exilio por un entorno hostil y receloso. Desde muy pequeño, Sundiata demostró una gran capacidad de superación, se entrenó en el uso de armas específicas y se le atribuyó grandes poderes mágicos al recobrar el uso de sus dos piernas. Sin embargo, la historia de Sundiata Keita no se detiene aquí. Demostrando una fuerte voluntad y una visión de futuro, el muchacho reunió a todas las poblaciones vecinas y organizó una expedición con la idea de recuperar el poder. Su ambición y capacidad de persuasión le permitieron elaborar una coalición inédita que terminó aplastando al rey que le había apartado del poder.
La victoria de Sundiata Keita le valió el nombre de “León de Malí” y facilitó la creación de uno de los imperios más prósperos del África Occidental. Tras ser proclamado Mansa (rey absoluto), el reino conoció un largo periodo de estabilidad. El monarca es recordado hoy como una figura emblemática de los tiempos de oro. De su periodo de poder se destaca también su sabiduría, perspicacia y tolerancia que favorecieron la coexistencia pacífica del islam y del animismo. Con el tiempo, la tradición oral y los griots (historiadores tradicionales del oeste africano) pusieron énfasis en los poderes del apreciado rey que supo superar las peores fatalidades, transformándolo en un mito sinónimo de las mejores empresas. En la actualidad, el mito de Sundiata Keita alude al valor y la eficacia de los gobernantes que apuestan por la unión, el diálogo y la justicia.
Shangó, el Dios del trueno y de la guerra
El día de Sant Jordi: una rosa por un libro
Publicado en el Librepensador [Abril 2010]
Qué mona es la mona...
Publicado en el Librepensador [Abril 2010]
Pero ¿De dónde viene?
Barcelona: la capital europea del piano
Publicado en el Librepensador [Marzo 2010].
Durante este mes de marzo y como iniciativa novedosa del gran concurso anual María Canals, Barcelona muestra su rostro más musical con numerosos pianos diseminados por toda su geografía. Plazas, parques y otros escenarios abiertos al gran público ofrecen la posibilidad de acercarse, tocar y conocer ese fantástico instrumento.
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Cuadernos de Senegal: Tierra de paz y de bienvenida.
Publicado en la revista Ritmos del Mundo [Julio - Agosto 2009].
El mito de Shangó, famoso en la mitología Yoruba, nació aproximadamente en el siglo X con la figura del cuarto monarca del antiguo reino de Oyó (en el actual estado de Nigeria). Era considerado un rey tiránico y guerrero, causante de numerosos conflictos bélicos. Por eso, dos de sus ministros se aliaron para apartarle del poder y, en una lucha despiadada, Shangó tuvo que huir al bosque para refugiarse. Presa de la humillación y del destierro, el monarca depuesto decidió ahorcarse y, desde entonces, por medio de la tradición oral, el mito fue creciendo hasta adoptar el aspecto de un Dios temible, representante de los relámpagos y de las tormentas. Las leyendas cuentan que, pese a su tentativa de ahorcamiento, Shangó nunca murió sino que retomó su lugar en el firmamento y, desde ahí, vigila a la Humanidad entera.
Alguno de los elementos que alimentó este mito es la posición geográfica del reino de Oyó (en Nigeria). Según las estadísticas, es uno de los sitios del planeta en el que cae el mayor número de descargas eléctricas por milla cuadrada. De ahí que se relacionara el miedo causado por la naturaleza con la figura despiadada del tirano depuesto y se acabara creando una divinidad belicosa y amenazante. Más adelante, los esclavos yoruba trasladados a Cuba y Brasil siguieron refiriéndose a Shangó como una divinidad del trueno y lo integraron en sus creencias sincréticas. En la santería cubana, no obstante, Shangó se ilustra como uno de los santos (Orishas) más populares, caracterizado por la virilidad, los rayos, el fuego y la danza.
El día de Sant Jordi: una rosa por un libro
Publicado en el Librepensador [Abril 2010]
La Diada de Sant Jordi es el día del paseo perfecto en Barcelona. ¿Qué mejor cosa que pasearse entre rosas hermosas y miles de libros? ¿Existe algo mejor que caminar en una biblioteca a cielo abierto? Eso es lo que ofrece ese día que también es el patrón de Cataluña, libros y muchas rosas. La ciudad se reviste de un manto de pétalos, de un aire de cultura y frescura, plasmados en los balcones y en las mesitas que florecen por toda la ciudad.
Por tradición el hombre ofrece a su esposa una rosa que, si bien suele ser roja, también puede ser azulada, violeta o amarilla. Ya no hay limitaciones en los especímenes de rosas, ni tampoco en la fantasía de los que las venden en las calles, las entradas de escuelas, universidades, hospitales y metros. La mujer en cambio tiene que comprar a su pareja un libro, preferiblemente que le guste y que no acabe debajo de la cama o en el escritorio durante medio año. En términos estadísticos, la selección del libro en la calle acaba siempre entre el Bestseller de ese mismo año, el Bestseller del año pasado y algún clásico que se intercala por suerte en las estanterías (una obra de Saramago, Gabriel García Márquez, Hemingway o Dostoievski). Los autores noveles se esfuerzan en encontrar algún sitio para exponer sus obras, acuerdan firmas puntuales con ciertas librerías y comprueban, con amargura o con ironía, depende de lo que hayan vendido, que no hay nada como tener el apoyo de una gran editorial. En todo caso, la compra de la mujer es más complicada debido a la cuestión económica. Los libros se encarecen a gran velocidad. Como es previsible, existe siempre la posibilidad de tensiones: el libro es mucho más caro que la rosa y, por eso también, siendo conscientes de esa desigualdad, algunos vendedores avispados aumentan el precio de las rosas a niveles indignantes (5 euros). Existe también el riesgo de que la mujer se limite a un libro del mismo precio que la rosa y que, por ese motivo, el hombre reciba un librito de segunda mano o una simple revista. Pero esto no suele ocurrir a menudo. En muchos casos, el dilema se resuelve compartiendo el único libro adquirido y, de ser así, la chica escoge un libro que le guste y que, más adelante, leerá con gran gusto (adelantándose incluso al hombre que, a menudo, recibe el regalo en el tramo final de la liga de futbol y prefiere dedicarse a ver partidos con los amigos).
Es evidente que la compra del libro genera más complicaciones. La selección de la rosa sólo incluye el color y quizás su estado general. Tal vez el corte de las espinas o un comentario especial en un sobre medio cerrado. También existe el típico galán que se atreve a comprar rosas para toda la oficina, de esos no abundan, y cuando lo hace, es porque trata de superar una desilusión amorosa y se deja llevar por el impulso. En cambio, la elección del libro supone conocer el género que más gusta a la pareja, recordar algunos de sus autores favoritos, preocuparse por la presentación del libro, en papel de regalo siempre es mejor, y también obtener una firma del autor. Efectivamente, algo que caracteriza el día de San Jordi es la presencia de los autores en los stands. Suelen estar un par de horas, no más, para firmar las obras que han sido publicadas el mismo año o el anterior. La firma del libro es como un trofeo. Es la garantía de que el libro ha sido comprado el mismo día de San Jordi y no dos meses antes, en una promoción puntual. El autógrafo es definitivamente algo esencial.
No obstante, no todo se resume al libro y a la rosa, a lo que ha comprado uno y lo que se ha gastado el otro. También y sobretodo, se trata de un momento perfecto para un paseo ameno, colorido y entretenido. El escenario insuperable de una ciudad que se abre a la primavera, a las flores y a la lectura, es algo tranquilizador. Todo es motivo de comunicación y apertura, y el que dude de la placidez que ofrece ese día: ¿Acaso existe algo más bonito que pasearse entre libros y flores?
Qué mona es la mona...
Publicado en el Librepensador [Abril 2010]
La mona de Pascua, un símbolo ineludible y colorido de la semana santa en Barcelona, es un elemento tan famoso en su aspecto como misterioso en su significado. Durante un paseo por la capital catalana, en el que no han faltado las pastelerías y panaderías, hemos podido sondear e investigar de dónde viene el término “mona”, preguntar por los orígenes de su apelación tan curiosa, y ninguna de las personas entrevistadas ha podido confirmarlo a ciencia cierta.
“Esto viene de mucho tiempo atrás”
“Debe ser por lo de qué mona”… se han atrevido a decir algunos, y es verdad que la mona es una obra de artesanía en sí, pero, más que una afirmación apoyada en algún argumento claro y contundente, se trata de una respuesta evasiva. Las monas de chocolate que ostentan las vitrinas de la Ciudad Condal, las que pueden verse en algunas pastelerías legendarias de las Ramblas, de la calle Ferrán o del casco antiguo, son maravillas que combinan el exquisito chocolate negro con las actuales figuras de jugadores de futbol, personajes de dibujos animados y otras fantasías. Messi, Pujol, Mickey Mouse, Hannah Montana y el pato Donald son algunos de los más populares de este año, quizás los más fáciles de vender, pero también se hallan excentricidades de casi un metro de altura, verdaderas desmesuras artísticas que pueden valer más de doscientos euros.
Lo que todos los vendedores de comercio comparten es la seguridad de que la mona es una tradición muy antigua. “Esto viene de mucho tiempo atrás”, nos aseguran algunos dependientes queriendo darnos detalles y otros se atreven incluso a decir que son costumbres paganas retomadas por el cristianismo. “Antes, la mona era una simple tarta con uno o dos huevos de gallina, sin más extravagancias. No había para tanto”. Con estas declaraciones todo el mundo está de acuerdo y también con el hecho que la mona es algo esencialmente familiar. No existiría sin la visita del padrino a su ahijado, sin la comida en casa o el reencuentro familiar. Por eso, cada vez que preguntamos qué significa la mona, la mayoría de los encuestados rescatan, con una maravillosa sonrisa, algunos momentos de su tierna infancia, recuerdos que les vienen enseguida a la mente (si no se ven desbordados por la clientela), detalles de cómo la comían y quiénes la compraban. Muchos detalles de sus propias vidas, muchas notas nostálgicas, pero pocos datos históricos claros o explicaciones sólidas. Más allá de esto, no lo tienen muy claro y ahí es cuando la pregunta nos viene a la cabeza: ¿Cómo ciertas costumbres tan enraizadas y populares pueden ser desconocidas por sus principales interesados?
Pero ¿De dónde viene?
Tras el agradable paseo, la consulta de la enciclopedia y de otras fuentes son inevitables. La mona es un tema interesante e intrigante que, además de llamar la atención, despierta pasiones. Descubrimos que la palabra “mona” procede del término árabe “munna” que significa literalmente «provisión de la boca» o regalo que los moriscos hacían a sus señores. Concretamente, ese regalo consistía en un alimento hecho con harina, azúcar, huevos y sal. El descubrimiento es fascinante en sí porque nos subraya la influencia de la cultura árabe y la permanencia de numerosos ritos de los que no somos conscientes hoy en día. Luego, nos llama la atención otro detalle: durante la investigación, algunos entrevistados llegaron a decir que esa costumbre pagana procedía de países nórdicos, Alemania, Ucrania o Letonia.
En la actualidad
La costumbre árabe de la munna se ha disuelto completamente en nuestra cotidianidad, se ha nutrido de una estética que parece puramente europea, fundiéndose en nuestro sistema de valores. En su sentido más religioso, la mona simboliza el fin de la Cuaresma y sus abstinencias, no obstante, hoy se imponen esencialmente su carácter familiar y su llamativo comercial. No sólo se consume en Barcelona, también es famosa en el resto de Cataluña, en las Islas Baleares y en la comunidad valenciana.
La tradición dicta que el padrino regala la mona a su ahijado el domingo de Pascua después de la misa, aunque esto ya no es una obligación, y el lunes de Pascua se reúnen todos los familiares o un grupo de amigos para compartir una comida copiosa. Ese lunes es un día festivo, aún así, los escaparates de las pastelerías permanecen abiertos y exponen lo que el chocolate puede llegar a ser en manos expertas: una figura impresionante.
En todo caso, la mona es lo que es: un momento para compartir o una obra de arte para exhibir.
Barcelona: la capital europea del piano
Publicado en el Librepensador [Marzo 2010].
Durante este mes de marzo y como iniciativa novedosa del gran concurso anual María Canals, Barcelona muestra su rostro más musical con numerosos pianos diseminados por toda su geografía. Plazas, parques y otros escenarios abiertos al gran público ofrecen la posibilidad de acercarse, tocar y conocer ese fantástico instrumento. Ante la agradable sorpresa, algunos tímidos se atreven a interrumpir su paseo por el parque de la Ciutadella o el Palau de la Música e interpretar unos temas infantiles, interpretados de oído. Otros, más experimentados, aprovechan la ocasión para lucir su destreza, ganarse un público y hacer vibrar el resto de los ciudadanos con temas clásicos u otros más jazzísticos. En algunas paradas de metro se han podido ver incluso algunos pianos de cola para el placer de los oídos y el entretenimiento de unos viajes a veces demasiado rutinarios. En todo caso, la iniciativa no ha pasado desapercibida y ha generado el entusiasmo de numerosos turistas que han podido comprobar cómo la ciudad condal sabe abrirse a propuestas originales y entretenidas.
Al origen de esta iniciativa que lleva el lema de “Tócame soy tuyo” (y que concluye el 26 de marzo) está el concurso internacional de María Canals, un concurso anual organizado en el Palau de la Música que, durante casi dos semanas, acoge a talentos de todas partes del mundo y premia a los mejores pianistas en distintas categorías. Su objetivo es dar a conocer el concurso en el país, puesto que es muy valorado en el exterior y, sin embargo, no acaba de enganchar a los músicos españoles (totalmente ausentes en esta ocasión). Este año, para la 56ª edición, han sido aceptados 91 concursantes originarios de 26 países, con una fuerte presencia rusa, surcoreana y del resto de Europa.
En la sala del Petit Palau, el piano ha expuesto todo su esplendor. Ahí es donde acontecen la mayoría de las pruebas. Ahí es donde la faceta más expresiva y dramática del piano se deja ver. En el silencio del escenario y ante la mirada atenta del exigente espectador, los concursantes revelan el sentimiento que expresa ese instrumento y la potencia que tiene para crear emociones, imágenes y sensaciones. Alternando entre toques endiablados y otros más parsimoniosos, entre derroches de tensión y otros de paz, el espectáculo sonoro está a la altura de las expectativas.
Finalmente, en estos días más soleados, el piano se ha lucido en su mejor vestido, en la calle y en el Palau de la Música, para la satisfacción de todos y de cada uno. Asimismo, ha vuelto a conectar la ciudad condal con su pasada imagen de ciudad artística y bohemia que, antes de la severa regulación y de la limitación de escenarios de música en vivo, era un auténtico hervidero de músicos y artistas. Esperemos que esta iniciativa abra el paso a otras parecidas, originales, musicales y participativas.
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Cuadernos de Senegal: Tierra de paz y de bienvenida.
Publicado en la revista Ritmos del Mundo [Julio - Agosto 2009].
Llegada a Senegal
Tras nuestro aterrizaje en el aeropuerto de Leopold Senghor en Dakar, y una hora y media de viaje por una carretera moteada de socavones, sin iluminación ni señalizaciones, llegamos a la casa de nuestro amigo Alpha, cerca de Mbour, en el campamento de Naangue. Son las cinco de la mañana y la noche oscura y fresca desvela un cielo estrellado como pocas veces se pueden ver en Europa. La poca contaminación visual y atmosférica va indudablemente ligada con el ardor de las estrellas. Nuestro amigo nos muestra las habitaciones con un gesto hospitalario, típico de Senegal, y no podemos reprimir una sonrisa de satisfacción ante la idea de un buen descanso pero, de repente, nos sorprenden unos cantos estruendosos que proceden de una mezquita. Sí, Senegal es un país esencialmente musulmán que, pese a ser laico, vive su religiosidad de forma colectiva y fervorosa. Los cantos que nos sorprendieron eran una simple invitación del imán local a la primera oración del día. Nos tranquilizamos y cuando, un poco más tarde, ya nos hemos hecho a la idea de que las mezquitas acompañarán nuestro día a día, nos sobrecoge el grito prolongado de un gallo al que, enseguida, se unen tres o cuatro más. Nuestro amigo nos contempla con una sonrisa irónica y, después de un leve alzamiento de los hombros, añade con evidente divertimiento: «Bienvenidos a Senegal, queridos amigos».
El Mercado de Mbour
En el mercado de Mbour (al sur de la capital senegalesa, Dakar) se puede encontrar de todo e incluso más de lo que se imagina un europeo. El centro de la ciudad costeña reúne, alrededor de sus vías arenosas y de trazado indefinido, una serie de locales deslucidos, deteriorados y polvorientos, que acogen actividades tan diversas como la venta de alfombras, de móviles y cargadores, de medicinas tradicionales (como el eucalipto o pieles de víboras), centenares de extractos naturales, amuletos protectores y otros elementos mágicos. El polvo impregna el aire de una tonalidad blancuzca y da la sensación de estar en medio de un cuadro de los impresionistas europeos con grandes pinceladas y colores tenues. Por su ambiente, el mercado de Mbour puede compararse con el mercado de Barbés, en Paris, pero con la autenticidad de estar en África. Aquí, las cabras andan sueltas, siempre seguidas de sus crías, cruzan las calles y se acomodan bajo la sombra de un árbol o la de una tienda, sin temer a nadie. La gente está sentada y observa lánguidamente lo que ocurre, o sea nada (porque estamos a domingo). Los carruajes tirados por viejos y extenuados burros, también llamados «Burro-taxis», arrastran a los que desean desplazarse con la misma tranquilidad.
Los dueños de los locales observan a los peatones con ojeadas insistentes. Esa es la ocupación principal. Por un lado, unas mujeres con un vestido tradicional local, y por otro, una mujer vestida de forma provocativa, marcando las líneas exuberantes de su cuerpo escultural. Surge de la nada un “toubab” (blanquito) europeo que quiere comprarse unas gafas de sol baratas y fabricadas en China con el riesgo de dañarse la vista y, un poco más tarde, otro turista, acompañado de un grupito de lugareños, que anda perdido tratando de disimularlo con un gesto de soltura y una mirada confiada. Todo es espectáculo pero nada es del otro mundo. ¡Es simplemente el mundo al revés!
El gran baobab
Gran árbol y alma de este país, inmenso pilar de madera y respetable espíritu de las estepas senegalesas, el baobab es una fuente inagotable de paz y de misterio. Frente a su belleza y su tamaño, uno pronuncia su nombre con asombro, lentamente, sintiéndose tan pequeño como un insecto y tan ligero como el polen o el polvo que le rodean: ¡Baobab! Ése es el nombre que los senegaleses pronuncian orgullosamente cuando se refieren al símbolo de su nación. El equivalente del toro o de las tapas en España. El baobab es el árbol que domina las infinitas extensiones de tierra árida y clara del interior del país, salpicadas de puntitos verdes de vegetación. Es parte de la identidad cultural. Es como un hombre colosal, solitario y digno, que vive alejado de los demás. Durante nuestro viaje, hallamos un baobab enorme al borde de una carretera y nos detenemos para observarlo con calma. Enseguida nos asaltan unos guías que han convertido este elemento natural en un auténtico museo con visita guiada y venta de souvenirs. “Este árbol tiene ochocientos cincuenta años”, nos asegura uno de ellos.
Más tarde, nuestro amigo nos explica que, antes de que la religión católica y musulmana acabara con ciertas creencias animistas en Senegal, el Baobab servía de cementerio o de tumba. Su tronco se utilizaba para guardar los despojos de los difuntos y ahí se iba para rezar o hacer ofrendas, sabiendo que el alma del muerto permanecería en el árbol para siempre. Esa anécdota nos lleva a un mundo místico y mágico en el que se respeta enormemente la memoria de los muertos. Nuestro amigo añade un comentario interesante: es costumbre sentarse sobre las raíces del baobab y pedir un deseo.
El cementerio de la Isla de las conchas (o Isla de Fadiouth).
«Aquí deberían venir los israelíes y palestinos para ver cómo convivimos y cómo compartimos», nos dice nuestro amigo expresivamente frente al cementerio de la Isla de Fadiouth. El hombre apunta el lugar con un índice demostrativo y orgulloso, y luego, con esa sonrisa rutilante e increíblemente estirada, nos invita a comprobar lo dicho. Las tumbas católicas lindan con las tumbas musulmanas sin notables divisiones, sin aparentes recelos, y con un fondo exótico: el de los baobabs tan representativos de Senegal. En las tumbas aparecen los nombres de los difuntos, todos africanos, Diop, Senghor, Ndiaye, Bob, y muchos más, sin que la religión sea un motivo de separación o distanciamiento. Cada una de las tumbas exhibe su cartel y unas conchas blancuzcas, extraídas de la orilla del mar, aportan un toque distinto y refinado a un cementerio ejemplar. En lo alto, brilla una cruz enorme que garantiza la paz y el reposo a todas las almas enterradas en la isla. Un sentimiento de paz nos invade.
La llegada de los pescadores
En el puerto de Mbour, en la “Pequeña costa” de Senegal, se puede contemplar cada tarde un espectáculo fascinante, rebosante de emoción y de alegría. A las seis y media, el sol cae progresivamente sobre el mar hasta chocar con el horizonte en un estallido de colores tenues, anaranjados, azulados y dorados, que se reflejan en la superficie del mar. Las piraguas solitarias se convierten en sombras abstractas, simples pinceladas, y la gente del puerto se reúne, ansiosa y estrepitosa, para observar la llegada de los pescadores. Sí, esos luchadores de la mar, esos hombres valientes de piel brillante y oscura, vuelven de un largo día de trabajo, uno más, y con su mercancía hacen vibrar a los espectadores. Todos los esperan impacientemente: los que tienen un puesto permanente en el puerto y desean revender la mercancía, los dueños de colectividades, los compradores, madres, hijos y simples transeúntes, como nosotros, expectantes ante tanto alboroto. Pero los pescadores llegan paulatinamente y así crece la euforia. La gente los mira con admiración y ellos toman su tiempo. El día ha sido muy largo.
Cuando ya consideran que la embarcación está a una distancia apreciable, un hombre salta al agua y se dedica a transportar un primer cubo de pescado a la orilla. Camina lentamente para que no le tome por sorpresa las olas y, cuando surge del agua, con el paso de un conquistador o de un luchador triunfante ante tanta gente que le observa, se dirige directamente al puesto que él considera interesante. Puede que sea un puesto con el que trabaja tradicionalmente o simplemente compradores que le ofrecen más. Al final, todo es cuestión de oferta y demanda. Observamos también a unos jóvenes altos y esbeltos, con las piernas interminables y fuertes, que se dedican a cargar a los pescadores. Se ganan un sustento evitando que los hombres de la mar se resfríen después de un largo día de trabajo.
Tamharit: la fiesta de los niños.
La noche del siete de enero llega con el rumor de una fiesta familiar. Es el fin del año musulmán y hay que celebrarlo pero adonde residimos, los festejos no se asemejan en nada a las fiestas de fin de año en Europa. La serenidad se impone en todo momento. Es una fiesta tranquila, familiar, que hay que compartir con los queridos. Llega la noche y todavía no ha habido grandes sobresaltos. Estamos a la espera de que algo ocurra, pero nada. Nos sentamos a la mesa, hablamos alegremente, como siempre, porque todas las comidas en Senegal representan un momento de alegría en los que se habla de todo y de nada. El plato es uno solo pero es abundante. Entonces, todos los comensales se miran y sólo queda decir: “Uno para todos y todos para el mismo plato”. El couscous senegalés, muy diferente del couscous marroquí, mezclado con el sabor del cordero, invade nuestro paladar. Es una delicia y el tiempo pasa sin que nos demos cuenta, entre risas y bromas. Esa es la esencia de la vida africana: El tiempo pasa, sin que uno se dé cuenta, y siempre en compañía de alguien que ríe, que canta o habla espontáneamente.
Entonces, en plena comida, escuchamos el ruido de un grupito de niñitos, joviales y agitados. Pican a la puerta y entran en el patio bailando. Nos extienden un cubo vacío para reclamar caramelos y otros regalitos. Los vemos bailar con garbo, qué felicidad, y más tarde, los caramelos caen en sus cubos con efusividad. Es la fiesta de los niños, comparable al «Halloween» de los occidentales pero con otra vestimenta y un especial gusto por el baile. Los niños se visten de mujer (con los vestidos prestados de las hermanitas) y las chicas van de hombre (con bigotes dibujados en sus rostros). Todos viven el instante con pasión y euforia, luego, después de dar las gracias con mucha educación, desaparecen por la misma puerta y aparece otro grupito de niños. Les exigimos que bailen antes de entregarles los caramelos: es el precio a pagar y lo pagan sin problema porque en esto consiste la fiesta.
Dakar, la capital.
Dakar es la capital en todos los sentidos y todos los aspectos. Es una urbe gigantesca, comparable con las grandes urbes del resto del mundo por sus concentraciones de personas, de vehículos, de contaminación, de transacciones, de ruidos y de escándalos. Ya en las afueras, los taxis colectivos (o autobuses privados) se acumulan en las arterias que permiten el acceso a la ciudad, pululan y se multiplican, como insectos enérgicos, y los vendedores ambulantes de cacahuetes, de relojes u otras mil cosas, la mayoría de países fronterizos (Guinea o Malí), recorren las carreteras en busca de negocios. La entrada a la capital es exageradamente lenta porque la caravana es enorme. Hay que estar armado de paciencia para aguantarlo, o quizás, de resignación porque la única forma de entrar en la capital es una vía de dos carriles, polvorienta y atiborrada. Por eso, una viva y alegre música que distiende los músculos y calma los nervios mana de cada vehículo: Youssou N´Dour, Omar Pene y otros ritmos procedentes del Caribe (reggae y zouk) son los más conocidos. La contaminación asola la ciudad al ser intensificada por la acción del calor asolador. Además, notamos que los burros y las carretas ya no son tan notables como en la provincia.
Después de superar la prueba de la entrada a la ciudad, aparecen las grandes edificaciones: la Universidad, las fastuosas embajadas del litoral, los hoteles lujosos de la plaza de la independencia y de la plaza del Recuerdo. Todo es un entramado de avenidas amplias y edificios altos. Aquí abundan los trajes y las vestimentas occidentales, los zapatos escrupulosamente abrillantados y los locales atípicos. Todo está en movimiento y el visitante no puede eludir una realidad: Senegal es un país que se mueve a una velocidad impresionante.
La Isla de las serpientes.
Frente al litoral de la capital senegalesa, brilla el resplandor de un islote misterioso: es la Isla de las Serpientes. Esta isla resume el misticismo de un país en vía de desarrollo, atrapado entre las creencias tradicionales y la necesidad de superarlas para seguir adelante. La leyenda que la rodea dice que nadie puede visitarla. Absolutamente nadie, porque allí están los espíritus de la etnia Lebou, los demonios y otros elementos que necesitan su espacio y a los que se tiene que dejar en paz. Sorprende esa capacidad de contención, ese enorme respeto hacia unos espíritus invisibles. Llama la atención que una isla tan cercana, casi palpable, no pueda ser visitada y permanezca vacía. Nuestro amigo nos explica que, quizás, hayan ido algunos marabúes y líderes religiosos, pero nadie más. Es evidente que algunas cosas no se cuestionan. África no se puede apreciar con una simple lectura racional porque también es un mundo mágico.
La familia senegalesa
Nuestro conductor y amigo Mustafa ha querido presentarnos a su familia. Es un placer penetrar en su casa, construida por su hermano expatriado en España (Madrid), y ver cómo aparecen niños por todas partes. Están sus dos hijos pero también todos los primos que viven en la misma casa. En total son siete los niños que corretean por la casa, que sonríen al vernos y saludan alegremente. El más pequeño de todos es el último de los hijos de Mustafa. Siempre quiere subirse al coche de su padre y acompañarle a todas partes. El segundo hijo, el mayor, llega un poco más tarde para saludarnos y estira una mano con timidez. El calor de la recepción es enorme.
Después de descubrir la habitación en la que vive con su mujer y sus hijos, nuestro anfitrión nos conduce a la habitación de su hermano y la de sus tías. Luego, nos declara que vive con su madre –algo excepcional o casi imposible en Europa–, y cuando nos la presenta, nos explica con una sonrisa afectuosa que la quiere mucho. “Su madre es todo para él”. Nos conmueve tanta dulzura. Hasta ahora nuestro amigo había sido algo reservado pero, aquí, en territorio conocido, desvela todos sus sentimientos. Saludamos a la madre, gran reina de la casa, y aunque no nos entienda (porque sólo habla en wolof), sabemos que está contentísima de recibirnos.
La mujer de nuestro amigo llega más tarde. Es bella y silenciosa, de piel tan oscura como su marido y ataviada con el tradicional “boubou” (vestido senegalés). La saludamos y ella no tarda en sacar su pecho, sin recato, para alimentar a su hijo menor. La maternidad es evidentemente un orgullo. Mustafa nos mira con un aire irónico y nos suelta con una carcajada: “Me gustan los niños. Quiero muchos más”.
La compra del cordero
Cada pueblo tiene su mercado de bestias. Allí se encuentran los corderos que se servirán en los bautizos o las vacas que se regalan en las bodas. Centenares de bestias, de todos los tamaños y de todas las edades, traídas por sus respectivos pastores o ganaderos. Aquí se entremezclan distintas etnias, los peuls, tuaregs, mauritanos y muchos más, en un cóctel interesante de vestimentas y de costumbres. El animal se elige con tranquilidad, es preciso recorrer el mercado entero para reconocer los animales en buena salud, observar el brillo y el color de sus pelajes, el estado de sus orejas y de sus hocicos, y, también, los ojos. «Los ojos dicen mucho de la salud de un animal», nos asegura nuestro amigo Alpha. El precio es cuestión de negociarlo y ahí pueden influir todo tipo de factores, aunque lo más importante es ir con calma. Nada se hace con prisas en Senegal. Hay que hablar, dar una vuelta más al mercado, hablar con otros compradores, jugar con ellos y luego decidir. Nosotros nos decidimos por una cabra joven de menos de seis meses. Unos jóvenes se ofrecen inmediatamente para atarla con unas cuerdas y así ganarse unos francos. Otro se ofrece para degollarla y limpiar la carne. «Es su especialidad», nos dice él con una sonrisa helada. Entonces, le proponemos que suba en nuestro coche para matar al animal en el patio de nuestra casa. Él acepta sin problema.
La zona de Palmarín
Los pueblitos de Palmarín están alejados de las zonas turísticas y del bullicio sempiterno de las urbes caóticas. Los separa una ruta interminable y fatigante, repleta de socavones que impiden un viaje fácil, pero, sin duda, esto contribuye a la belleza del lugar porque tenemos la sensación de penetrar en un territorio desconocido. Aquí, los lugareños caminan parsimoniosamente y nos observan con atención. Son curiosos y habladores porque los visitantes no son tan numerosos. En el pueblito al que llegamos, nuestro amigo entra con una energía insospechada y una sonrisa radiante: se nota que ésta es su casa. Entonces, empieza el baile de las presentaciones indicándonos al único comerciante del pueblo, luego nos presenta a cuatro ancianos que forman parte de la asamblea de los mayores (la asamblea que discute de los temas importantes de la comunidad), un amigo de la infancia, una tía y otros familiares. Este pueblo de la etnia Serer es extraordinariamente tradicional. Prueba de ello: nuestro amigo nos enseña el baobab sagrado situado en el centro del pueblo y al que todos acuden para hacer sus oraciones o rituales mágicos. Luego, entramos en la casa de sus padres y descubrimos un interior minimalista plagado de imágenes del Sagrado Corazón de Jesucristo. Parece que, aquí, el concepto del tiempo no exista y que las preocupaciones sean pocas. Miramos a nuestros anfitriones y nos quedamos hipnotizados por sus rostros increíblemente hospitalarios. En ese momento, no hay duda: Senegal es la tierra la más acogedora del mundo.
Una tierra de grandes sensaciones
El último día de estancia nos sobrecoge cuando ya estamos totalmente aclimatados a este país. Al despedirnos de todos nuestros amigos, se impone la extraña sensación de haber madurado. Senegal es un mundo mágico, un mundo inusual, que impacta a primera vista y en el que la belleza lidia permanentemente con la tradición y lo insólito. Es el país de los extremos. Es otro mundo, o el mundo al revés, y posiblemente lo que nos aferra a quedarnos es la exquisitez de sus sonrisas, la omnipresencia de la juventud y la entrañable amistad que puede surgir de cualquier esquina y en cualquier momento. Los amigos nos despiden con bellas palabras, tan dulces y conmovedoras que la pregunta es inevitable: ¿Por qué nos vamos?













